Lo que escribo·Mala poesía

¿Cómo amaneciste hoy?

No puedes dormir.
Escuchas los automóviles pasar,
al gato cubrir los rastros donde se cagó,
gente buscando no-basura en tu basura,
la alarma del banco,
tacones de travestis huyendo de la policía,
la sirena de la patrulla,
el carro de la basura;
no puedes dormir.

Ruedas en la cama.
Luces vienen, luces se van.
Despiertas a la una,
lees Drácula;
despiertas a las tres,
lees El Club de Pelea;
despiertas a las cinco,
lees Rayuela;
y vuelves a rodar.

Te sientas en el suelo,
observas la pared,
te tiras en el suelo,
una hormiga en tu piel.

No puedes dormir.
Te tiras en el sofá,
ves televisión:
programas sobre el sostén perfecto,
el shampoo milagroso
la crema para los hongos del pie,
Jesús en una tortilla;
apagas la televisión.

No puedes dormir.
Tratas contar ovejas,
tratas quedándote catatónico sobre la cama.
Nada funciona.
Vuelves a rodar;
haces sándwiches a las cinco de la mañana.

Juegas con el celular,
el mismo juego una y otra vez.
Ruedas por la cama una y otra vez.
Y una y otra vez;
no puedes dormir.

Pasas más de un día, dos, sin dormir un minuto.
Llega la noche y sonríes:
tu cuerpo está cansado,
tus ojos, hinchados y rojos.
Piensas que, seguro hoy es el bendito día.
Llegas y te estrellas en la cama;
Tus ojos no se cierran.

Despiertas a las cinco.
Despiertas a las siete.
Despiertas a las nueve.
Despiertas a las once.
No tiene caso seguir ahí.

Sueñas que te disparan.
Sueñas que tú disparas.
Sueñas que te persiguen.
Sueñas que duermes.
Sueñas que la policía te busca.
Suenas que sueñas.
Y te despiertas.

Escuchas cada gota de lluvia estrellarse en el techo,
Estrellarse en la banqueta,
Estrellarse en las láminas.
Escuchas el constante pip pip del cajero del banco,
Y te preguntas quién saca dinero a las cuatro de la mañana.
Pip pip pip; y no puedes dormir.

El gato está haciendo del baño de nuevo.

De vez en cuando pasa algún borracho cantando.
A veces eres tú quien canta:
“Vendedora de caricias, quédate media hora más.”
A veces eres tú quien toca el djembe a las cuatro de la mañana.

Piensas que la inmortalidad debe ser algo solitario,
ya sabes, perder a las personas que amas una y otra y otra vez.
Piensas que es de día en algún lugar del planeta Tierra.
Piensas en los delfines trompa de botella.
Piensas en el gato que se está cagando de nuevo.
Piensas en que en China desconocen los juguetes sexuales.
Piensas que deberías dejar de pensar tanto si quieres dormir.

Te acuestas sobre tu espalda.
Te acuestas sobre tu estómago.
Te retuerces,
te pones en posición fetal.
Pones el brazo bajo la almohada,
pones el otro brazo.
Te acuestas sobre tu espalda.
Te acuestas sobe tu estómago.
Te vuelves a retorcer.

Buscas trabajo.
Te preguntan si puedes trabajar de noche.
Sonríes.
Lo malentiende.
Ahora tu jefe piensa que vives de vodka, drogas y rock and roll.
Si él supiera que tu cara de muerto,
tus ojeras de oso panda,
son porque no puedes dormir.

Escuchas los automóviles pasar,
peleas gatunas,
la alarma del banco,
el carro de la basura;
lo usual,
lo mismo de cada noche,
semanas, meses;
quién sabe cuánto tiempo.
Lo único que sabes,
es que no puedes dormir.

Cuando la madrugada se pone inspiradora,
escribes unas cuantas líneas,
sobre cómo te amaneciste ese día.

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