Algo así como personal

Recuento 2011-2014

Hace algunas semanas por fin abrieron un expediente con mi nombre en la Clínica Condesa para pacientes trans. Para llegar a ese punto pasé por muchas horas en la sala de espera leyendo libros, y tratando que la falta de profesionalismo de las enfermeras no sacara lo peor de mí (soy un experto en insultar personas en mi mente). Las preguntas que me hicieron eran de esperarse, y muchas se referían a mi salud mental.
Al paso de los años me he acostumbrado a hablar de mi salud mental (aunque todo depende del cómo y el quién), y en una de las tantas sillas de espera de la clínica, comencé a garabatear fechas y me sorprendí de cuánto tiempo había pasado entre tal y tal acontecimiento, así que para ampliar esa lista estoy escribiendo esto.
En agosto 2011 terminé la preparatoria, escuela media superior, high school, como quieran llamarle. En aquel entonces era alguien funcional, aunque ahora que lo pienso, los signos estaban ahí desde mucho antes, y me atrevo a decir que se remontan a los años finales de primaria. En el mismo año, entré a la honorable licenciatura en Física y Matemáticas; fue el punto de choque con la realidad, y no pude seguir pensando que todo estaría bien mientras mantuviera calificaciones. Preferiría cortarme un brazo antes de regresar a esa época. Ahora que lo pienso, estudiar esta carrera, por muy ridículo que parezca, fue una forma de “fugarme” de la realidad. Incluso escribí un trabajo sobre eso en mi actual universidad. Ya hacia el final de dos mil once, me encontraba sumido en una miseria silenciosa, tramando mi siguiente paso, y con la ferviente idea de que todo lo que sentía era simplemente “porque lo que de verdad quería era estudiar literatura”.
Hay algo de cierto en esa última frase, debo decir. En febrero de 2012 inicié el propedéutico para ingresar a la desconocida carrera de Lenguas Modernas en Español en el estado de Querétaro. Ocurrió un choque más, pero no como yo lo esperaba: mientras estuve estudiando Física, en un salón de 40 alumnos, siendo sólo 4 de ellos mujeres, era incluso más obvio la forma en la que no encajaba y la incomodidad que sentía cada que alguien me hacía notar que “era una mujer”. Mientras mis compañeras sentían orgullo al ser “mujeres femeninas e inteligentes” a mí me bastaba con el “inteligentes” y no quería saber nada de “mujeres” ni de “femeninas”.
En cambio, mientras estuve en la universidad de Querétaro, todo quedó invertido: de las 30 personas que éramos, sólo dos “eran hombres”. Sentirme excluido era también una sensación insoportable, aunque en aquel entonces no reconociera las causas de ese sentimiento. Me aceptaron, inicié en agosto de 2012. Me gustaba la carrera, no tenía grandes quejas; para septiembre, tímidamente me acerqué a la psicóloga de la universidad. No recuerdo cómo fue la primera sesión, sólo recuerdo que incluyó muchas lágrimas, pañuelos usados, un abrazo de la psicóloga y una pregunta que hasta ahora no se me olvida: ¿no te quieres, verdad?
La mayoría de las sesiones siguientes debieron ser similares, porque luego de tres fui enviado a ver a un psiquiatra. Aquí es donde empieza mi viaje hacia pastillalandia. En mi ingenuidad, pensé que la causa de todos mis males era una depresión moderada, así que quizá necesitaría antidepresivos, ¿no? Es lógico. Tras un par de meses utilizando Venlafaxina, mareos en el transporte público y una somnolencia constante, no funcionaba. La psiquiatra parecía poco importarle si el mes siguiente desaparecía, así que en un momento de sinceridad hablé con mi familia, y me enviaron a otro psiquiatra. Él también intentó “arreglarme”: Lexapro, Adepsique, Fluoxetina, los diagnósticos cambiaban más y más frecuentemente: depresión moderada, ansiedad, trastorno de personalidad…
Mientras era obvio que la medicina nunca iba a “curarme”, muchas veces me detuvo de tomar soluciones más permanentes e irreversibles con respecto a mi infelicidad. Al paso de los meses y de conocernos el uno al otro, el psiquiatra y yo concluimos que lo que me sucedía no era algo químico que pudiera solucionarse tan fácil.
Bajo la bandera de “necesitas construir tu propia persona”, decidí interrumpir mis estudios en Querétaro, e intentar algo que nunca me había atrevido a hacer: estudiar Literatura en la UNAM. Para febrero de 2013 volvía a ser alguien más o menos. En julio de 2013 me mudé al Distrito Federal, y las primeras semanas las pasé entre la fantasía (estudiar en la UNAM) y la triste realidad (de que no estaba bien).
Podría pensar que para haber estado ya en dos universidades sabría como ser social y hablar con las personas… pero no fue así. Adaptarse a un nuevo lugar, mientras piensas que despertar, levantarte, caminar, respirar o comer son algo que “son demasiado para ti”, puede resultar difícil. Aún había días en los que no me levantaba de la cama ni salía de mi habitación y luego mentía sobre ello. Aún había días en los que quería que me tragara la tierra antes que hablar en voz alta en una habitación llena de personas más jóvenes o más inteligentes o con más confianza en sí mismos. Aún había días en los que prefería escribir historias independientes sin ánimos de lucro antes que escribir un ensayo y tareas.
Mientras lidiaba con sobrevivir, también comencé a cuestionar más seriamente mi identidad de género. “Más seriamente” es la clave aquí. Muchos momentos de mi adolescencia los pasé en internet, en salas de chat sobre anime, jugando con los demás usuarios, moviéndome entre aparentar ser hombre y dejar caer la bomba de que siempre no. Hace poco encontré un par de zapatos de vestir, claramente masculinos, que compré en preparatoria, y preguntándome cómo es que ni siquiera yo tomé en serio estas señales. Por ejemplo, en la graduación de preparatoria, sentía que quería golpear a cada persona que me dijera “lo bonita que me veía” (y de sólo recordar eso se me revuelve el estómago).
En diciembre de 2013 acudí a un grupo para personas trans y… nunca me había sentido más identificado con un grupo de personas en toda mi vida. Aún guardaba mis dudas, pero era como llegar a casa luego de una intensa guerra, en este caso, conmigo mismo. Reafirmé mi identidad como hombre, y no he vuelto a mirar atrás.
En segundo semestre enfrenté más complicaciones académicas, pero la renacida esperanza de que el futuro podría ser mejor, me hizo lidiar con la vida de una forma un poco más lógica y menos arrebatada. Las mejoras en el control de mis emociones fueron tan evidentes que en abril de 2014 decidí dejar los antidepresivos, y el psiquiatra estuvo de acuerdo. Desde entonces sólo he tenido una crisis seria que manejé pobremente, pero fue debido a algo llamado disforia (y que ahora comprendo que mi “depresión” era la manifestación de mi disforia).
Tras sopesar varias opciones con clínicas privadas, terminé por hacer entre mayo y junio el papeleo correspondiente para ingresar sin problemas a la Clínica Condesa.
Con esto regresamos al inicio de este texto: el psiquiatra me aprobó para ingresar en el programa, tras hacerme preguntas dignas de una tesis en filosofía; la endocrinóloga mandó abrir mi expediente, y ya tengo programadas mis citas para laboratorio y demás.
Me cuesta trabajo creer que han pasado tantos años entre un acontecimiento y otro, porque la mayoría de este tiempo, aparentemente perdido, está mezclado con una espesa niebla en mi memoria. Algunas personas hablan de “lagunas mentales”; yo hablo de ríos, lagos y océanos enteros. Supongo que vivir tantos años en constante negación y reprimiendo lo que sientes te hace eso.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s