Algo así como personal

Las cosas curiosas de regresar a “casa”

Ha pasado un poco más de medio año desde que escribí algo en este blog. Inicialmente comenzó como un archivo para las cosas, poemas y letras que escribía. De un tiempo hacia acá he escrito muy poco. Y me pregunto por qué. ¿Acaso escribir era otra forma más de fugarme de la realidad, y ahora que estoy lidiando con ella mi sed de otros mundos se ha saciado? No, no lo creo. Siempre tengo hambre por más historias. Pero me pregunto por qué he dejado de escribir. Aún lo hago, escribir, quiero decir. Esporádicamente, por aquí, por allá. Pero creo que ya no con el mismo sentimiento de antes. Antes quería crear algo hermoso a pesar del sufrimiento que vivía. Ahora siento la necesidad de escribir del sufrimiento mismo para poder dejarlo atrás y continuar con mi vida.

Y a pesar de eso, dudo en tomar el lápiz imaginario, y el documento casi siempre se mantiene en blanco.

Antes de terminar el último semestre de 2014 en la universidad, uno o dos meses antes, pensaba en no regresar. Durante todo el semestre traté inútilmente de ir lo menos posible. Ignoré invitaciones, cumpleaños, eventos. No sé qué era lo que pasaba que odiaba la idea de regresar. Quizá tenía que ver con el rechazo de mi hermano. Hablé con el psiquiatra sobre ello. No había nada qué hacer pero aún así sentía que guardaba una especie de luto. No es que alguien hubiera muerto. Estaba de luto porque hasta entonces no había sido rechazado por ser trans. Sentir el rechazo de parte de alguien de mi familia fue inesperado y hasta ahora no soy capaz de racionalizarlo.

Debido a ello mi paranoia aumentó. Sentía que el mundo hablaba a mis espaldas y que el dueño del cuarto donde vivía en cualquier momento me preguntaría por qué mi voz sonaba tan grave o por qué me vestía como me vestía o por qué…. Como en ese momento vivía en un cuarto “sólo para mujeres”, tuve que pretender que estaba en una misión encubierto, como una espía, y que mi trabajo era pretender ser mujer y “mezclarme” con el enemigo. La mayoría de las veces, en momentos de claridad, odiaba lo bien que me “mezclaba”.

Pero fue la única forma de detener mis pensamientos. Eso y dejé de ir al gimnasio. El instructor me seguía por todos lados asegurándose de que hiciera ejercicios “para mujeres”. Los vestidores, no importaba cuál, se volvieron intimidantes y amenazadores.

En diciembre de 2014 encontré un departamento donde vivir. Conocer nuevas personas con mi nuevo “estátus social” fue todo un reto para mí. Como siempre, me resisto al cambio a pesar de que sé que es el único remedio. Pero lo hice, y al menos ya no tenía que fingir estar de encubierto como un espía en el piso donde vivía y dormía. Eso fue un gran alivio. Pero semanas después de vivir en paz, sin tener que vigilar lo que decía o cómo lo decía, las clases terminaron y era hora de ir a casa.

No era tentador. No era tentador estar un mes y medio escuchando mi nombre anterior una y otra y otra y otra y otra y otra vez. No era tentador regresar a una casa donde yo era ella, hija, hermana y tía.

La última vez que fui a la estética a la vuelta de mi casa, la estilista trató de agregarle fleco a mi corte porque sin él yo no veía a una hija, hermana o tía. Al salir de la estética y llegar a casa me lavé el cabello y me quité el fleco. Mi familia es igual a la estilista. Y soy demasiado cobarde a veces para decirle a la estilista o a mi familia que no soy una mujer. Los y las estilistas son otra de las cosas que trato de evitar casi siempre, pero creo que eso es otro tema.

No era tentador regresar a casa y aún así tuve que hacerlo. Imaginé que con todos los problemas, al menos podría ver a mi padre y a mi hermano. Valía la pena regresar por ellos.

Los primeros días dolieron. Física, psicológica y emocionalmente hablando. A trescientos y tantos kilómetros de allí nadie pronunciaba mi antiguo nombre, excepto la despistada ocasional que no lee facebook y uno que otro maestro. Pero nadie más. Dos horas y media después y todo el mundo me llamaba como fuera menos por Alex. Era un shock, y había días en que mi cama era mucho más cómoda que lidiar con los que seguían repitiendo ella, hermana, hija y tía.

Sólo los extraños y los vendedores me hablaban como él, caballero o joven. Nunca he amado tanto las conexiones, las pláticas al azar, con extraños como ahora.

Mi padrino llamó por teléfono y se despidió creyendo que era mi hermano. Lo mismo pasó con todos aquellos a quienes no les decía quién era la persona al otro lado del teléfono.

Entonces me reuní con el profesor Larsen. Encantador hombre envuelto en mil chalecos, bufandas y gorras. Ese es él. Lo conozco desde el 2008, cuando era un adolescente triste, odiaba al mundo y usaba zapatos de vestir de hombre sin una puta idea de por qué. Llevaba media hora intentando decirle que ya no era ella sino él, pero no sabía cómo empezar. Comenzamos a hablar sobre lesbianas y homosexuales no sé por qué. Y después, en el restaurante de Los Portales, mientras desayunábamos le escupí (no literal) que estaba en un tratamiento hormonal y que ahora era Alex, o sea, él. Traté de explicar lo más que pude, sin duda de una forma muy torpe. Él me miró a los ojos, me dijo que apreciaba todo lo que le dije pero que yo “no le debía explicaciones a nadie”. Lo dijo porque le hice un resumen de los últimos dos años de mi vida. Se sentía honrado en que yo le confiara aquello, pero que no era necesario que le dijera la versión larga. Con la versión corta bastaba. No le tomó ni diez minutos en comenzar en llamarme él, y al ver a una conocida por la calle me introdujo como “un amigo”. No podría desear amistades mejores que esas.

Ahora mi nombre anterior parece algo extraño. Lo he escuchado tanto las últimas semanas que parece que mi mente se ha desasociado de él. A veces ni siquiera me doy cuenta que se refieren a mí cuando lo dicen. Suena tan alienígena en mis oídos. Siento que no encaja más y que la única razón porque lo dicen es por costumbre que por otra cosa. Ellos me ven pero no observan. Sus mentes se aferran al imaginario “mujer” que tienen sobre mí, y no escuchan mi voz, ni ven mis ropas, ni el tenue bigote que hace semanas dejó de ser un “bigote” como el de algunas mujeres.

No es como si fuera la gran cosa, de todos modos. Qué más da decir él en lugar de ella. Yo no entiendo cuál es el escándalo. No entiendo por qué mi madre cree que debo guardar silencio como si se tratara de un crimen o un deshonroso secreto de la familia. No entiendo por qué ella no puede decir hijo, hermano, él, o tío. A veces soy un “ese” acompañado de una risa nerviosa.

No dejo de repetirme en mi cabeza que “toma tiempo adaptarse” pero yo me pregunto si ese día vendrá alguna vez. El simple momento de escuchar ella, hija, hermana, tía de nuevo me hace pensar en mandar a todos a la chingada y  gritarles que se metan su “ay perdón”, su “ups”, su “ese” por el culo y sin lubricante. Me jacto de ser paciente, pero en realidad soy débil, cobarde, pasivo, y lo dejo pasar o ignoro que lo he escuchado. Así que soporto las miradas raras, curiosas, extrañadas, los “no te ves como hombre”, “parecer mujer”, las vendedoras que dicen “señorita, no, señor, no…”, los ella, hermana, hija y tía. Y son re curiosos y entran y salen por mis oídos y a veces duelen y a veces pienso “ignorante imbécil” y a veces ya no pienso y mejor sonrío, asiento, e ignoro, y recuerdo que “no le debo explicaciones a nadie”. Y es cierto. No le debo explicaciones a nadie de por qué soy como soy, actúo como actúo, o simplemente, de por qué existo. No a quienes no importan, de todos modos.

Durante mucho tiempo, en los últimos años, siempre pensaba en que había algo mal en mí por querer acercarme más al núcleo familiar pero no poder lograrlo. Como si hubiera fracasado como hija, hermana o tía. Ahora no me interesa si soy un fracaso como ella si no puedo ser un hermano, hijo o tío en este lugar.

“Es curioso regresar a casa, todo está igual, huele igual y te hace sentir igual. Te das cuenta de que lo único que ha cambiado eres tú”.

— F. Scott Fitzgerald

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