Lo que escribo

Crónica de un cambio de nombre por identidad de género en México [parte 1]

Mi hermano me comentó que debía escribir sobre esto… pero desde hace unos meses el acto de escribir se ha convertido en un conflicto interno; una lucha entre el deber ser, el querer ser y el sentimiento depresivo de nunca llegar a ser lo suficientemente bueno en algo. Así que, ahora que comienzo a apachurrar teclas que forman párrafos enteros, disculpen a este escrito creado por un escritor oxidado.

Identidad legal

Nunca se sabe lo poderosa que es una identidad legal hasta que te ves negado de ella. Sería hipócrita decir que la espera por este cambio de nombre y “género” ha sido saludable y llevadero. Por supuesto que no. En realidad, hasta hace poco viví con una identidad jurídica que no concordaba con lo que yo sentía pero que exteriormente podía fingirla.Cuando comencé a tener una apariencia física típicamente masculina es cuando comenzaron los “verdaderos” problemas.

Sacar libros de la biblioteca comenzó a ser una actividad que me llenaba de ansiedad y nervios, cuando la persona en turno pasaba mi credencial por el lector, veía a la pantalla, me veía a mí, fruncía las cejas, volvía a mirar. Algunos eran lo suficientemente educados para no decir nada. Situaciones así se repetían, y después de una particular cita médica humillante y degradante, dejé de intentar acudir a espacios que requerían que me identificara.

Dejé de ir al gimnasio, me abstuve de comprar cosas por internet, pretendía ser alguien más cuando depositaba dinero a mi cuenta en el banco, los primeros días del semestre no contestaba cuando mi nombre era llamado, la lista continúa.

Preferí vivir en una burbuja aislada y minúscula antes que volver a sufrir esa ansiedad terrible de estar a la merced de otro ser humano, abierto a ser juzgado y humillado. Nunca se sabe el poder que tiene una identidad legal hasta que te niegas a usarla porque no concuerda con lo que ésta dice de ti.

El proceso

El cinco de febrero de 2015 se publicó la reforma al Código Civil del Distrito Federal que permite ahora realizar un trámite administrativo para solicitar un “Levantamiento de una nueva acta de nacimiento para el reconocimiento de identidad de género, previa la anotación correspondiente al acta de nacimiento primigenia”. Esto quiere decir que el DF expide una acta de nacimiento con tu nombre y género correspondientes, y la anterior (es decir, la primigenia) queda sellada, por así decirlo. No soy abogado, eso queda claro.

En la misma reforma se indicaba que a los 30 días era efectiva. Traté de ser paciente. Paciente como en su raíz latina que significa “alguien que sufre” (en realidad es un participio pero a quién le importa). No soporto sufrir por largos periodos de tiempo. Cuando los 30 días se cumplieron, llamé al registro civil para realizar mi cita. La sorpresa fue que no iban a otorgar citas hasta después del 30 de marzo.

Mientras todo esto sucedía, había dos organizaciones civiles ofreciéndose a realizar el enlace con el Registro Civil para las citas. La paranoia me invadió y no entregué ningún documento hasta el penúltimo día, cerca del 12 de marzo de 2015. Después de entregarlos, sólo tenía que esperar a que me llamaran. Paciencia.

Había dejado el asunto en lo recóndito de mi mente mientras cursaba nueve materias en la universidad hasta que el siete de abril recibí la llamada, cerca de las 5 o 6 de la tarde. Tenía que presentarme el día siguiente a las 10am para mi trámite. En este punto de la historia yo maldecía por el mal tiempo; dos días después tenía que entregar un ensayo que se rehusaba a ser escrito.

El miércoles 8 de abril me presenté en la Dirección General del Registro Civil, ubicada en la calle Arcos de Belén 19, col. Doctores de la delegación Cuauhtémoc. Llegué un poco después de las ocho de la mañana. Me reuní con la representante de la organización y muchas personas más que habían sido citadas para realizar el trámite ese mismo día. Allí estuvieron explicando cómo era el trámite y aclarando dudas para calmar los nervios. Al cabo de media hora llegó una persona del registro civil que nos condujo hasta adentro, pasando por puertas y escaleras, torres de periódicos y papeles inservibles.

Había una sala grande con dos mesas con sillas, y al fondo dos personas aceptando y revisando los documentos. A mí me tocó con la mujer de la izquierda. Recibió mis documentos, credencial de elector, comprobante de domicilio, acta de nacimiento, y no recuerdo cuántos juegos de copias. Uno siempre saca más de las que te piden. Me dio dos hojas para llenarlas. Una era sobre todos los datos de mi acta anterior, así como los cambios que se iban a hacer (es decir, el nombre que querías y el género con el que te identificabas). Ese formato lo eché a perder dos veces, puedo estar muy nervioso pero mi cara siempre se ve de absoluto aburrimiento. El segundo formato no recuerdo exactamente qué decía, pero básicamente lo tenías que firmar y señalar que era tu voluntad realizar ese trámite.

Después de ya no echar a perder formatos, revisé muchas veces más y entregué las hojas. Ahora sólo quedaba esperar. Saqué La vida es sueño de Calderón de la Barca, que era para mi clase del viernes. Mientras seguía esperando, Calderón no me calmaba, pero me encontré con un buen amigo, Nathan, que también estaba esperando a que lo llamaran. La sala donde nos recibieron los papeles tenía además otra adjunta, donde había muchas computadoras y personas capturando los datos en las hojas que previamente habíamos llenado. De esta sala salía una persona cada tanto, llamándonos y dándonos unas hojas a firmar y que revisáramos bien nuestros datos. Me llamaron por mi “nuevo” nombre y resultó bastante extraño. Fuera del pase de lista de la universidad y con amigos, ningún extraño me había llamado por ese nombre. Mientras revisaba mis datos, la chica de al lado le preguntó a la encargada si debía firmar con el viejo nombre o con el nuevo. La persona encargada de inmediato dijo que con el nuevo, y luego comentó cómo una chica el otro día había firmado y colocado todavía su nombre anterior; pero lo dijo como si el hecho de que se hubiera equivocado la hacía una tonta. Yo sólo pensé que tantos años de condicionamiento cuestan trabajo quitárselos de encima. Firmé de que todo estaba correcto y la encargada cargó con los papeles y se fue a la sala de junto.

Más Calderón de la Barca y después de unos minutos llamaron mi nombre. Me senté al lado de una persona capturando cosas en una computadora de escritorio vieja. Me enseñó la pre-acta (con la información que yo había llenado pero ya capturada a computadora), y otra hoja idéntica pero de color azul cielo que era para control interno del registro. Había un cojín con tinta para los dedos y agradecí que fuera ella quien ponía el dedo en la tinta y luego en el papel porque en ese momento nada parecía real. No parecía real porque era demasiado sencillo. Además de la pre-acta también me entregaron ese mismo día mi nuevo CURP. Lo único nuevo es que ahora tenía una H en lugar de una M.

Ahora que lo reflexiono un poco, el personal se portó muy a la altura: nunca se mostraron irrespetuosos, nunca dijeron el nombre anterior de nadie en voz alta, y personalmente nunca me miraron de mala forma.

Salí de ahí pensando en que, pese a las tardanzas, aún alcanzaba a llegar a mi clase de Lexicología y Semántica II. Quizá eran las 10 y media u once. Abracé a amigos y conocidos, les di las gracias por ayudarme con este paso y me fui rumbo al metro Salto del Agua.

El acta nueva podía ir a recogerla después de 10 días hábiles, pero la universidad comenzó a ponerse cada día más pesada y ya había utilizado casi todas mis “faltas”, así que le pedí a Nathan que fuera por mis actas. El 20 de abril fui afuera del metro Colegio Militar a entregarle mi pre-acta y dinero para las demás copias. No fue sino hasta el 26 de abril que tuve las actas en mi posesión, aprovechando que había una fiesta por el cumpleaños de Nathan en su casa.

Después de eso, pasó mucho tiempo para que avanzara en los trámites. La universidad me consumía por completo, y no quedaba ningún espacio libre para preguntar. No tenía mucha  prisa de todos modos, ya que por las elecciones no había forma de tener una nueva identificación. Sólo podía realizar el trámite de la credencial de elector hasta después del 7 de junio.

El final del semestre fue caótico, dramático, lleno de preguntas sobre mi futuro como universitario, pero eso es otra historia.

Mis mayores preocupaciones al día de hoy es “desactivar”, poner en reserva, o guardar, como se le quiera llamar, mi acta anterior (primigenia) y el cambio de nombre y género en la universidad. Son cosas que hasta el día de hoy (7 de julio de 2015) no he podido lograr, y que explicaré en la parte dos.

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Algo así como personal

Las cosas curiosas de regresar a “casa”

Ha pasado un poco más de medio año desde que escribí algo en este blog. Inicialmente comenzó como un archivo para las cosas, poemas y letras que escribía. De un tiempo hacia acá he escrito muy poco. Y me pregunto por qué. ¿Acaso escribir era otra forma más de fugarme de la realidad, y ahora que estoy lidiando con ella mi sed de otros mundos se ha saciado? No, no lo creo. Siempre tengo hambre por más historias. Pero me pregunto por qué he dejado de escribir. Aún lo hago, escribir, quiero decir. Esporádicamente, por aquí, por allá. Pero creo que ya no con el mismo sentimiento de antes. Antes quería crear algo hermoso a pesar del sufrimiento que vivía. Ahora siento la necesidad de escribir del sufrimiento mismo para poder dejarlo atrás y continuar con mi vida.

Y a pesar de eso, dudo en tomar el lápiz imaginario, y el documento casi siempre se mantiene en blanco.

Antes de terminar el último semestre de 2014 en la universidad, uno o dos meses antes, pensaba en no regresar. Durante todo el semestre traté inútilmente de ir lo menos posible. Ignoré invitaciones, cumpleaños, eventos. No sé qué era lo que pasaba que odiaba la idea de regresar. Quizá tenía que ver con el rechazo de mi hermano. Hablé con el psiquiatra sobre ello. No había nada qué hacer pero aún así sentía que guardaba una especie de luto. No es que alguien hubiera muerto. Estaba de luto porque hasta entonces no había sido rechazado por ser trans. Sentir el rechazo de parte de alguien de mi familia fue inesperado y hasta ahora no soy capaz de racionalizarlo.

Debido a ello mi paranoia aumentó. Sentía que el mundo hablaba a mis espaldas y que el dueño del cuarto donde vivía en cualquier momento me preguntaría por qué mi voz sonaba tan grave o por qué me vestía como me vestía o por qué…. Como en ese momento vivía en un cuarto “sólo para mujeres”, tuve que pretender que estaba en una misión encubierto, como una espía, y que mi trabajo era pretender ser mujer y “mezclarme” con el enemigo. La mayoría de las veces, en momentos de claridad, odiaba lo bien que me “mezclaba”.

Pero fue la única forma de detener mis pensamientos. Eso y dejé de ir al gimnasio. El instructor me seguía por todos lados asegurándose de que hiciera ejercicios “para mujeres”. Los vestidores, no importaba cuál, se volvieron intimidantes y amenazadores.

En diciembre de 2014 encontré un departamento donde vivir. Conocer nuevas personas con mi nuevo “estátus social” fue todo un reto para mí. Como siempre, me resisto al cambio a pesar de que sé que es el único remedio. Pero lo hice, y al menos ya no tenía que fingir estar de encubierto como un espía en el piso donde vivía y dormía. Eso fue un gran alivio. Pero semanas después de vivir en paz, sin tener que vigilar lo que decía o cómo lo decía, las clases terminaron y era hora de ir a casa.

No era tentador. No era tentador estar un mes y medio escuchando mi nombre anterior una y otra y otra y otra y otra y otra vez. No era tentador regresar a una casa donde yo era ella, hija, hermana y tía.

La última vez que fui a la estética a la vuelta de mi casa, la estilista trató de agregarle fleco a mi corte porque sin él yo no veía a una hija, hermana o tía. Al salir de la estética y llegar a casa me lavé el cabello y me quité el fleco. Mi familia es igual a la estilista. Y soy demasiado cobarde a veces para decirle a la estilista o a mi familia que no soy una mujer. Los y las estilistas son otra de las cosas que trato de evitar casi siempre, pero creo que eso es otro tema.

No era tentador regresar a casa y aún así tuve que hacerlo. Imaginé que con todos los problemas, al menos podría ver a mi padre y a mi hermano. Valía la pena regresar por ellos.

Los primeros días dolieron. Física, psicológica y emocionalmente hablando. A trescientos y tantos kilómetros de allí nadie pronunciaba mi antiguo nombre, excepto la despistada ocasional que no lee facebook y uno que otro maestro. Pero nadie más. Dos horas y media después y todo el mundo me llamaba como fuera menos por Alex. Era un shock, y había días en que mi cama era mucho más cómoda que lidiar con los que seguían repitiendo ella, hermana, hija y tía.

Sólo los extraños y los vendedores me hablaban como él, caballero o joven. Nunca he amado tanto las conexiones, las pláticas al azar, con extraños como ahora.

Mi padrino llamó por teléfono y se despidió creyendo que era mi hermano. Lo mismo pasó con todos aquellos a quienes no les decía quién era la persona al otro lado del teléfono.

Entonces me reuní con el profesor Larsen. Encantador hombre envuelto en mil chalecos, bufandas y gorras. Ese es él. Lo conozco desde el 2008, cuando era un adolescente triste, odiaba al mundo y usaba zapatos de vestir de hombre sin una puta idea de por qué. Llevaba media hora intentando decirle que ya no era ella sino él, pero no sabía cómo empezar. Comenzamos a hablar sobre lesbianas y homosexuales no sé por qué. Y después, en el restaurante de Los Portales, mientras desayunábamos le escupí (no literal) que estaba en un tratamiento hormonal y que ahora era Alex, o sea, él. Traté de explicar lo más que pude, sin duda de una forma muy torpe. Él me miró a los ojos, me dijo que apreciaba todo lo que le dije pero que yo “no le debía explicaciones a nadie”. Lo dijo porque le hice un resumen de los últimos dos años de mi vida. Se sentía honrado en que yo le confiara aquello, pero que no era necesario que le dijera la versión larga. Con la versión corta bastaba. No le tomó ni diez minutos en comenzar en llamarme él, y al ver a una conocida por la calle me introdujo como “un amigo”. No podría desear amistades mejores que esas.

Ahora mi nombre anterior parece algo extraño. Lo he escuchado tanto las últimas semanas que parece que mi mente se ha desasociado de él. A veces ni siquiera me doy cuenta que se refieren a mí cuando lo dicen. Suena tan alienígena en mis oídos. Siento que no encaja más y que la única razón porque lo dicen es por costumbre que por otra cosa. Ellos me ven pero no observan. Sus mentes se aferran al imaginario “mujer” que tienen sobre mí, y no escuchan mi voz, ni ven mis ropas, ni el tenue bigote que hace semanas dejó de ser un “bigote” como el de algunas mujeres.

No es como si fuera la gran cosa, de todos modos. Qué más da decir él en lugar de ella. Yo no entiendo cuál es el escándalo. No entiendo por qué mi madre cree que debo guardar silencio como si se tratara de un crimen o un deshonroso secreto de la familia. No entiendo por qué ella no puede decir hijo, hermano, él, o tío. A veces soy un “ese” acompañado de una risa nerviosa.

No dejo de repetirme en mi cabeza que “toma tiempo adaptarse” pero yo me pregunto si ese día vendrá alguna vez. El simple momento de escuchar ella, hija, hermana, tía de nuevo me hace pensar en mandar a todos a la chingada y  gritarles que se metan su “ay perdón”, su “ups”, su “ese” por el culo y sin lubricante. Me jacto de ser paciente, pero en realidad soy débil, cobarde, pasivo, y lo dejo pasar o ignoro que lo he escuchado. Así que soporto las miradas raras, curiosas, extrañadas, los “no te ves como hombre”, “parecer mujer”, las vendedoras que dicen “señorita, no, señor, no…”, los ella, hermana, hija y tía. Y son re curiosos y entran y salen por mis oídos y a veces duelen y a veces pienso “ignorante imbécil” y a veces ya no pienso y mejor sonrío, asiento, e ignoro, y recuerdo que “no le debo explicaciones a nadie”. Y es cierto. No le debo explicaciones a nadie de por qué soy como soy, actúo como actúo, o simplemente, de por qué existo. No a quienes no importan, de todos modos.

Durante mucho tiempo, en los últimos años, siempre pensaba en que había algo mal en mí por querer acercarme más al núcleo familiar pero no poder lograrlo. Como si hubiera fracasado como hija, hermana o tía. Ahora no me interesa si soy un fracaso como ella si no puedo ser un hermano, hijo o tío en este lugar.

“Es curioso regresar a casa, todo está igual, huele igual y te hace sentir igual. Te das cuenta de que lo único que ha cambiado eres tú”.

— F. Scott Fitzgerald